GIORGIO AGAMBEN EN ENTREVISTA: «LA EPIDEMIA MUESTRA QUE EL ESTADO DE EXCEPCIÓN SE HA CONVERTIDO EN LA CONDICIÓN NORMAL»


La periodista Naomi Klein, autora de libros como No Logo y La doctrina del shock, analiza en esta entrevista con Vice las especulaciones en torno a la pandemia, el rol de Estados Unidos y cómo salir de la emergencia diaria para pensar más acá de la vida: «Lo que un momento de crisis como este revela es la interrelación entre nosotros. En lugar de acaparar y pensar en cómo puedes cuidarte a ti mismo y a tu familia, puedes hacer un cambio y pensar en cómo compartir con tus vecinos y ayudar a las personas que son más vulnerables».
VICE: Empecemos con lo básico. ¿Qué es el capitalismo del desastre? ¿Cuál es su relación con la «doctrina del shock»?
La forma en que defino el «capitalismo de desastre» es muy sencilla: describe la forma en que las industrias privadas surgen para beneficiarse directamente de las crisis a gran escala. La especulación de los desastres y de la guerra no es un concepto nuevo, pero realmente se profundizó bajo la administración Bush después del 11 de septiembre, cuando la administración declaró este tipo de crisis de seguridad interminable, y simultáneamente la privatizó y la externalizó – esto incluyó el estado de seguridad nacional y privatizado, así como la invasión y ocupación [privatizada] de Irak y Afganistán.
La «doctrina del shock» es la estrategia política de utilizar las crisis a gran escala para impulsar políticas que sistemáticamente profundizan la desigualdad, enriquecen a las elites y debilitan a todos los demás. En momentos de crisis, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir a esa crisis, sea cual sea, y tiende a confiar demasiado en los que están en el poder. Quitamos un poco los ojos de la pelota en momentos de crisis.
VICE: ¿De dónde viene esa estrategia política? ¿Cómo rastrea su historia en la política americana?
La estrategia de la doctrina del shock fue una respuesta al programa del New Dealpor parte de Milton Friedman. Este economista neoliberal pensaba que todo había salido mal en USA bajo el New Deal: como respuesta a la Gran Depresión y al Dust Bowl, un gobierno mucho más activo surgió en el país, que hizo su misión resolver directamente la crisis económica de la época creando empleo en el gobierno y ofreciendo ayuda directa.
Si usted es un economista de libre mercado, entiende que cuando los mercados fallan se presta a un cambio progresivo mucho más orgánico que el tipo de políticas desreguladoras que favorecen a las grandes corporaciones. Así que la doctrina del shock fue desarrollada como una forma de prevenir que las crisis den paso a momentos orgánicos en los que las políticas progresistas emergen. Las elites políticas y económicas entienden que los momentos de crisis son su oportunidad para impulsar su lista de deseos de políticas impopulares que polarizan aún más la riqueza en este país y en todo el mundo.
VICE: En este momento tenemos múltiples crisis en curso: una pandemia, la falta de infraestructura para manejarla y el colapso del mercado de valores. ¿Puede esbozar cómo encaja cada uno de estos componentes en el esquema que esboza en La Doctrina del Shock?
El shock es realmente el propio virus. Y ha sido manejado de una manera que maximiza la confusión y minimiza la protección. No creo que eso sea una conspiración, es sólo la forma en que el gobierno de los EE.UU. y Trump han manejado -completamente mal- esta crisis. Trump hasta ahora ha tratado esto no como una crisis de salud pública sino como una crisis de percepción, y un problema potencial para su reelección.
Es el peor de los casos, especialmente combinado con el hecho de que los EE.UU. no tienen un programa nacional de salud y sus protecciones para los trabajadores son muy malas (N.T: por ej. la ley no instituye elpago por enfermedad). Esta combinación de fuerzas ha provocado un shock máximo. Va a ser explotado para rescatar a las industrias que están en el corazón de las crisis más extremas que enfrentamos, como la crisis climática: la industria de las aerolíneas, la industria del gas y el petróleo, la industria de los cruceros, quieren apuntalar todo esto.
VICE: ¿Cómo hemos visto esto antes?
En La Doctrina del Shock hablo de cómo sucedió esto después del huracán Katrina. Grupos de expertos de Washington como la Fundación Heritage se reunieron y crearon una lista de soluciones «pro mercado libre» para el Katrina. Podemos estar seguros de que exactamente el mismo tipo de reuniones ocurrirán ahora, de hecho, la persona que presidió el grupo de Katrina fue Mike Pence (N.T: el que ahora preside el tema del Coronavirus). En 2008, se vio esta jugada en el rescate de los bancos, donde los países les dieron cheques en blanco, que finalmente sumaron muchos billones de dólares. Pero el costo real de eso vino finalmente en la forma de programas extensivos de austeridad económica [más tarde recortes a los servicios sociales]. Así que no se trata sólo de lo que está sucediendo ahora, sino de cómo lo van a pagar en el futuro cuando se venza la factura de todo esto.
VICE: ¿Hay algo que la gente pueda hacer para mitigar el daño del capitalismo de desastre que ya estamos viendo en la respuesta al coronavirus? ¿Estamos en mejor o peor posición que durante el huracán Katrina o la última recesión mundial?
Cuando somos probados por la crisis, o retrocedemos y nos desmoronamos, o crecemos, y encontramos reservas de fuerzas y compasión que no sabíamos que éramos capaces de tener. Esta será una de esas pruebas. La razón por la que tengo cierta esperanza de que podamos elegir evolucionar es que -a diferencia de lo que ocurría en 2008- tenemos una alternativa política tan real que propone un tipo de respuesta diferente a la crisis que llega a las causas fundamentales de nuestra vulnerabilidad, y un movimiento político más amplio que la apoya (N.T: Naomi Klein apoya a Bernie Sanders en las internas americanas).
De esto se ha tratado todo el trabajo en torno al Green New Deal: prepararse para un momento como este. No podemos perder el coraje; tenemos que luchar más que nunca por la atención sanitaria universal, la atención infantil universal, la baja por enfermedad remunerada, todo está íntimamente relacionado.
VICE: Si nuestros gobiernos y la élite mundial van a explotar esta crisis para sus propios fines, ¿qué puede hacer la gente para cuidarse unos a otros?
«Yo me ocuparé de mí y de los míos, podemos conseguir el mejor seguro privado de salud que haya, y si no lo tienes es probablemente tu culpa, no es mi problema»: Esto es lo que este tipo de economía de ganadores pone en nuestros cerebros. Lo que un momento de crisis como este revela es nuestra interrelación entre nosotros. Estamos viendo en tiempo real que estamos mucho más interconectados unos con otros de lo que nuestro brutal sistema económico nos hace creer.
Podríamos pensar que estaremos seguros si tenemos una buena atención médica, pero si la persona que hace nuestra comida, o entrega nuestra comida, o empaca nuestras cajas no tiene atención médica y no puede permitirse el lujo de ser examinada, y mucho menos quedarse en casa porque no tiene licencia por enfermedad pagada, no estaremos seguros. Si no nos cuidamos los unos a los otros, ninguno de nosotros estará seguro. Estamos atrapados.
Diferentes formas de organizar la sociedad promueven o refuerzan diferentes partes de nosotros mismos. Si estás en un sistema que sabes que no cuida de la gente y no distribuye los recursos de forma equitativa, entonces la parte que acapara de ti se reforzará. Así que ten en cuenta eso y piensa en cómo, en lugar de acaparar y pensar en cómo puedes cuidarte a ti mismo y a tu familia, puedes hacer un cambio y pensar en cómo compartir con tus vecinos y ayudar a las personas que son más vulnerables.

A humanidade está, neste momento, enfrentando uma crise global. Talvez a maior crise da nossa geração. As decisões tomadas pelas pessoas e pelos governos nas próximas semanas provavelmente moldarão o mundo nos próximos anos. Elas moldarão não apenas nossos sistemas de saúde, mas também nossa economia, política e cultura. Devemos agir de forma rápida e decisiva. Também devemos levar em consideração as consequências a longo prazo de nossas ações. Ao escolher entre as alternativas, devemos nos perguntar não apenas como superar a ameaça imediata, mas também que tipo de mundo habitaremos quando a tempestade passar. Sim, a tempestade passará, a humanidade sobreviverá, a maioria de nós ainda estará viva – mas habitaremos um mundo diferente.
Muitas medidas de emergência de curto prazo se tornarão estruturas instituídas da vida. Essa é a natureza das emergências. Elas fazem os processos históricos avançarem rapidamente. As decisões cuja deliberação, em tempos normais, podem se arrastar por anos, são aprovadas em questão de horas. Tecnologias ainda imaturas e até perigosas são colocadas em uso, porque os riscos de não se fazer nada são maiores.
Países inteiros servem como cobaias em experimentos sociais de larga escala. O que acontece quando todos trabalham a partir de casa e se comunicam apenas à distância? O que acontece quando escolas e universidades inteiras passam a operar online? Em tempos normais, governos, empresas e conselhos educacionais nunca concordariam em realizar tais experimentos. Mas estes não são tempos normais.
Neste momento de crise, enfrentamos duas escolhas particularmente importantes. A primeira é entre vigilância totalitária e empoderamento do cidadão. A segunda é entre isolamento nacionalista e solidariedade global.
Vigilância sob a pele
Para interromper a epidemia, populações inteiras precisam obedecer a certas diretrizes. Existem duas maneiras principais de alcançarmos isso. Um método é o governo monitorar as pessoas e punir aquelas que violarem as regras.
Hoje, pela primeira vez na história da humanidade, a tecnologia torna possível monitorar todos o tempo todo. Há cinquenta anos, a KGB não podia seguir 240 milhões de cidadãos soviéticos 24 horas por dia, nem poderia ter esperança de processar efetivamente todas as informações coletadas. A KGB contava com agentes e analistas humanos, e simplesmente não era possível colocar um agente humano para seguir cada cidadão. Agora, entretanto, os governos podem confiar em sensores ubíquos e algoritmos poderosos, em vez de espiões de carne e osso.
Em sua batalha contra a epidemia de coronavírus, vários governos já implantaram as novas ferramentas de vigilância. O caso mais notável é a China.
Ao monitorar de perto os smartphones das pessoas, usar centenas de milhões de câmeras de reconhecimento facial e obrigar as pessoas a verificar e relatar sua temperatura corporal e condição médica, as autoridades chinesas podem, não apenas identificar rapidamente os suspeitos portadores de coronavírus, mas também rastrear seus movimentos e identificar qualquer pessoa com quem eles tenham entrado em contato. Uma série de aplicativos móveis avisa os cidadãos sobre sua proximidade com pacientes infectados.
Sobre a fotografia
As imagens que acompanham este artigo são tiradas de webcams com vista para as ruas desertas da Itália, encontradas e manipuladas por Graziano Panfili, um fotógrafo que está em quarentena.
Esse tipo de tecnologia não se limita ao leste da Ásia. O primeiro-ministro Benjamin Netanyahu, de Israel, autorizou recentemente a Agência de Segurança de Israel a implantar a tecnologia de vigilância, normalmente reservada aos terroristas em combate, para rastrear pacientes com coronavírus. Quando o subcomitê parlamentar encarregado se recusou a autorizar a medida, Netanyahu forçou sua entrada em vigor por meio de um “decreto de emergência”.
Pode-se argumentar que não há nada de novo nisso tudo. Nos últimos anos, tanto governos como empresas vêm usando tecnologias cada vez mais sofisticadas para rastrear, monitorar e manipular pessoas. Se não tomarmos cuidado, a epidemia pode, no entanto, marcar um importante divisor de águas na história da vigilância. Não apenas porque pode normalizar a implantação de ferramentas de vigilância em massa nos países que até agora as rejeitaram, mas ainda mais porque significa uma transição dramática da vigilância “sobre a pele” para “sob a pele”.
Até então, quando seu dedo tocava a tela do seu smartphone e clicava em um link, o governo queria saber exatamente o que seu dedo estava clicando. Mas com o coronavírus, o foco do interesse muda. Agora o governo quer saber a temperatura do seu dedo e a pressão sanguínea sob sua pele.
O pudim de emergência
Um dos problemas que enfrentamos ao tentar avaliar onde estamos em termos de vigilância é que nenhum de nós sabe exatamente como estamos sendo vigiados e o que os próximos anos podem trazer.
A tecnologia de vigilância está se desenvolvendo a uma velocidade vertiginosa, e o que parecia ficção científica há 10 anos é, hoje, notícia velha. Como um experimento mental, considere um governo hipotético que exija que todos os cidadãos usem uma pulseira biométrica que monitora a temperatura corporal e a frequência cardíaca 24 horas por dia.
Os dados resultantes são acumulados e analisados por algoritmos governamentais. Os algoritmos saberão que você está doente mesmo antes que você saiba e também saberão onde você esteve e com quem se encontrou. As cadeias de infecção poderão ser drasticamente encurtadas e até cortadas por completo. É possível que esse sistema, defensavelmente, consiga parar a epidemia em questão de dias. Parece maravilhoso, certo?
A desvantagem é, obviamente, que isso daria legitimidade a um novo e aterrador sistema de vigilância. Se você sabe, por exemplo, que cliquei no link da Fox News em vez do link da CNN, isso pode lhe informar algo sobre minhas opiniões políticas e talvez até sobre minha personalidade. Mas se você puder monitorar o que acontece com a temperatura do meu corpo, pressão sanguínea e frequência cardíaca enquanto assisto ao vídeo, você pode aprender o que me faz rir, o que me faz chorar e o que me deixa muito, muito zangado.
É crucial lembrar que raiva, alegria, tédio e amor são fenômenos biológicos, como febre e tosse. A mesma tecnologia que identifica tosse também pode identificar risos.
Se as empresas e os governos começarem a coletar nossos dados biométricos em massa, eles podem nos conhecer muito melhor do que nós mesmos, e podem não apenas prever nossos sentimentos, mas também manipulá-los para nos vender o que quiserem – seja um produto ou seja um político. O monitoramento biométrico faria as táticas de hackeamento de dados da Cambridge Analytica parecerem algo da Idade da Pedra. Imagine a Coreia do Norte em 2030, quando todo cidadão tiver que usar uma pulseira biométrica 24 horas por dia. Se você ouvir um discurso do Grande Líder e a pulseira captar os sinais reveladores de raiva, você estará acabado.
Você poderia, é claro, defender a vigilância biométrica como uma medida temporária tomada durante um estado de emergência. Ela seria desativada assim que a emergência terminasse. Porém, medidas temporárias têm o hábito desagradável de sobreviver às emergências, especialmente porque sempre há uma nova emergência à espreita no horizonte.
Meu país natal, Israel, por exemplo, declarou estado de emergência durante a Guerra da Independência de 1948, o que justificou uma série de medidas temporárias, desde censura à imprensa e confisco de terras a regras especiais para fazer pudim (não estou brincando). A Guerra da Independência já foi vencida há muito tempo, mas Israel nunca declarou a emergência terminada e deixou de abolir muitas das medidas “temporárias” de 1948 (o decreto de pudim de emergência foi misericordiosamente abolido em 2011).
Mesmo quando as infecções por coronavírus caírem a zero, alguns governos com fome de dados podem argumentar que precisam manter os sistemas de vigilância biométrica em funcionamento porque temem uma segunda onda de coronavírus ou porque existe uma nova cepa de Ebola em evolução na África central, ou porque . . . Você entendeu a ideia. Nos últimos anos, tem ocorrido uma grande batalha pela nossa privacidade. A crise do coronavírus pode ser o ponto de inflexão da batalha. Pois quando as pessoas podem escolher entre privacidade e saúde, geralmente escolhem a saúde.
A polícia do sabão
Pedir às pessoas que escolham entre privacidade e saúde é, de fato, a própria raiz do problema. Porque esta é uma escolha falsa. Podemos e devemos desfrutar de privacidade e saúde.
Podemos optar por proteger nossa saúde e impedir a epidemia de coronavírus, não instituindo regimes totalitários de vigilância, mas, preferivelmente, capacitando os cidadãos. Nas últimas semanas, alguns dos esforços mais bem-sucedidos para conter a epidemia de coronavírus foram orquestrados pela Coreia do Sul, Taiwan e Cingapura. Embora esses países tenham feito uso de aplicativos de rastreamento, eles confiaram muito mais em testes extensivos, em relatórios honestos e na cooperação voluntária de um público bem informado.
O monitoramento centralizado e punições severas não são a única maneira de fazer as pessoas acatarem diretrizes benéficas. Quando as pessoas são informadas dos fatos científicos e quando as pessoas confiam nas autoridades públicas para lhes informar esses fatos, os cidadãos podem agir corretamente, mesmo sem um Big Brother vigiando por sobre seus ombros. Uma população motivada e bem informada é geralmente muito mais poderosa e eficaz do que uma população ignorante e policiada.
Considere, por exemplo, o ato de lavar as mãos com sabão. Este é um dos maiores avanços de todos os tempos na higiene humana. Essa ação simples salva milhões de vidas todos os anos. Apesar de darmos pouco valor, foi apenas no século 19 que os cientistas descobriram a importância de lavar as mãos com sabão. Anteriormente, mesmo médicos e enfermeiros passavam de uma operação cirúrgica para outra sem lavar as mãos. Hoje, bilhões de pessoas diariamente lavam as mãos, não porque têm medo da polícia do sabão, mas porque entendem os fatos. Lavo minhas mãos com sabão porque ouvi falar de vírus e bactérias, entendo que esses pequenos organismos causam doenças e sei que o sabão pode removê-los.
Mas, para atingir esse nível de concordância e cooperação, você precisa de confiança. As pessoas precisam confiar na ciência, nas autoridades públicas e na mídia. Nos últimos anos, políticos irresponsáveis minaram deliberadamente a confiança na ciência, nas autoridades públicas e na mídia. Agora, esses mesmos políticos irresponsáveis podem ficar tentados a seguir o caminho do autoritarismo, argumentando que simplesmente não se pode confiar que o público agirá corretamente.
Normalmente, a confiança que foi corroída por anos não pode ser reconstruída da noite para o dia. Mas estes não são tempos normais. Em um momento de crise, as mentes também podem mudar rapidamente. Você pode ter discussões amargas com seus irmãos por anos, mas quando ocorre uma emergência, vocês descobrem subitamente um reservatório oculto de confiança e amizade e se apressam para ajudar um ao outro. Em vez de construir um regime de vigilância, não é tarde demais para recuperar a confiança das pessoas na ciência, nas autoridades públicas e na mídia.
Definitivamente, também devemos fazer uso de novas tecnologias, mas essas tecnologias devem dar poderes aos cidadãos. Sou totalmente a favor de monitorar a temperatura corporal e a pressão sanguínea, mas esses dados não devem ser usados para criar um governo todo-poderoso. Em vez disso, esses dados devem permitir que eu faça escolhas pessoais de posse de mais e melhores informações e também devem permitir que responsabilizemos o governo por suas decisões.
Se eu puder rastrear minha própria condição médica 24 horas por dia, aprenderei não apenas se me tornei um risco à saúde de outras pessoas, mas também quais hábitos contribuem para minha saúde. E se eu puder ter acesso e analisar estatísticas confiáveis sobre a disseminação do coronavírus, seria capaz de julgar se o governo está me dizendo a verdade e se está adotando as políticas corretas para combater a epidemia. Sempre que as pessoas falam sobre vigilância, lembre-se de que a mesma tecnologia de vigilância, geralmente, pode ser usada não apenas pelos governos para monitorar indivíduos – mas também por indivíduos para monitorar governos.
A epidemia de coronavírus é, portanto, um grande teste de cidadania. Nos próximos dias, cada um de nós deve optar por confiar em dados científicos e especialistas em saúde em detrimento de teorias infundadas da conspiração e de políticos que só servem a si mesmos. Se não conseguirmos fazer a escolha certa, poderemos nos encontrar avalizando a retirada de nossas mais preciosas liberdades, pensando que essa é a única maneira de proteger nossa saúde.
Precisamos de um plano global
A segunda escolha importante que enfrentamos é entre isolamento nacionalista e solidariedade global. Tanto a epidemia em si quanto a crise econômica dela resultante são problemas globais. Eles só podem ser resolvidos efetivamente com cooperação global.
Em primeiro lugar e mais importante, para derrotar o vírus, precisamos compartilhar informações globalmente. Essa é a grande vantagem dos humanos sobre os vírus. Um coronavírus na China e um coronavírus nos EUA não podem trocar dicas sobre como infectar humanos. Mas a China pode ensinar aos EUA muitas lições valiosas sobre o coronavírus e como lidar com ele. O que um médico italiano descobre em Milão no início da manhã pode muito bem salvar vidas em Teerã à noite.
Quando o governo do Reino Unido hesita entre várias políticas, pode obter conselhos dos coreanos que já enfrentaram um dilema semelhante há um mês. Mas, para que isso aconteça, precisamos de um espírito de cooperação e confiança global.
Os países devem estar dispostos a compartilhar informações de maneira aberta e sem arrogância, a procurar aconselhamento e devem poder confiar nos dados e nas ideias que recebem. Também precisamos de um esforço global para produzir e distribuir equipamentos médicos, principalmente kits de testes e respiradores. Em vez de todos os países tentarem fazer isso localmente e acumularem para si todo equipamento que puderem obter, um esforço global coordenado poderá acelerar bastante a produção e garantir que os equipamentos que salvam vidas sejam distribuídos de maneira mais justa.
Assim como os países nacionalizam as principais indústrias durante uma guerra, a guerra humana contra o coronavírus pode exigir que “humanizemos” as linhas de produção cruciais. Um país rico com poucos casos de coronavírus deve estar disposto a enviar equipamentos preciosos para um país mais pobre com muitos casos, confiando que, se e quando posteriormente precisar de ajuda, outros países o ajudarão.
Podemos considerar um esforço global semelhante para reunir pessoal médico. Os países atualmente menos afetados podem enviar equipes médicas para as regiões mais atingidas do mundo, tanto para ajudá-las em suas horas de necessidade, quanto para obter uma experiência valiosa. Se mais tarde, quando o foco da epidemia inverter, a ajuda poderia começar a fluir na direção oposta.
Também é de vital importância a cooperação global na frente econômica. Dada a natureza global da economia e das cadeias de suprimentos, se cada governo tomar suas decisões em total desconsideração com os demais, o resultado será um caos e uma crise cada vez mais profunda. Precisamos de um plano de ação global e precisamos dele rapidamente.
Outro requisito é chegar a um acordo global sobre viagens. Suspender todas as viagens internacionais por meses causará enormes dificuldades e dificultará a guerra contra o coronavírus. Os países precisam cooperar para permitir que pelo menos um grupo de viajantes essenciais continue atravessando as fronteiras: cientistas, médicos, jornalistas, políticos, empresários. Isso pode ser feito alcançando um acordo global sobre a pré-seleção dos viajantes pelo país de origem. Se você souber que apenas viajantes cuidadosamente selecionados receberam permissão para embarcar em um avião, estará mais disposto a aceitá-los em seu país.
Infelizmente, atualmente os países praticamente não agem desse modo. Uma paralisia coletiva tomou conta da comunidade internacional. Parece não haver adultos na sala. Esperávamos ver, há algumas semanas, uma reunião de emergência de líderes globais para elaborar um plano de ação comum. Os líderes do G7 só conseguiram organizar uma videoconferência nesta semana, e ela não resultou em nenhum plano desse tipo.
Nas crises globais anteriores – como a crise financeira de 2008 e a epidemia de Ebola de 2014 – os EUA assumiram o papel de líder global. Mas o atual governo dos EUA abdicou do cargo de líder. Deixou bem claro que se preocupa muito mais com a grandeza da América do que com o futuro da humanidade.
Este governo abandonou até seus aliados mais próximos. Quando proibiu todas as viagens da União Europeia, nem se deu ao trabalho de avisar a UE com antecedência – quanto mais consultá-la sobre essa medida drástica. Ele escandalizou a Alemanha ao, supostamente, oferecer US$ 1 bilhão a uma empresa farmacêutica alemã para comprar direitos de monopólio de uma nova vacina Covid-19. Mesmo que a administração atual acabe mudando de rumo e elabore um plano de ação global, poucos seguirão um líder que nunca assume responsabilidade, que nunca admite erros e que rotineiramente assume todo o crédito para si mesmo, deixando toda a culpa para os outros.
Se o vazio deixado pelos EUA não for preenchido por outros países, não só será muito mais difícil interromper a epidemia atual, mas seu legado continuará envenenando as relações internacionais nos próximos anos. No entanto, toda crise também é uma oportunidade. Devemos esperar que a epidemia atual ajude a humanidade a perceber o grave perigo que representa a desunião global.
A humanidade precisa fazer uma escolha. Iremos percorrer o caminho da desunião ou adotaremos o caminho da solidariedade global? Se escolhermos a desunião, a crise não apenas se prolongará, mas provavelmente resultará em catástrofes ainda piores no futuro. Se escolhermos a solidariedade global, será uma vitória não apenas contra o coronavírus, mas contra todas as futuras epidemias e crises que possam assaltar a humanidade no século XXI.
Yuval Noah Harari é autor de ‘Sapiens’, ‘Homo Deus’ e ’21 Lessons for the 21st Century’

El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.
Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.
En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. Cada ciudadano debe ser evaluado consecuentemente en su conducta social. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.
En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.
Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.
Los Estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria. Y los ciudadanos son más obedientes
Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.
Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.
En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.
La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa
No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.
Ha comenzado un éxodo de asiáticos en Europa. Quieren regresar a sus países porque ahí se sienten más seguros
Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.
Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.
En la época de las ‘fake news’, surge una apatía hacia la realidad. Aquí, un virus real, no informático, causa conmoción
En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.
En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.
En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.
Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.
Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.
La reacción pánica de los mercados financieros a la epidemia es además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.
Zizek afirma que el virus asesta un golpe mortal al capitalismo, y evoca un oscuro comunismo. Se equivoca
Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.
El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.
Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista surcoreano que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Autor, entre otras obras, de ‘La sociedad del cansancio’, publicó hace un año ‘Loa a la tierra’, en la editorial Herder.
Traducción de Alberto Ciria.
EL PAÍS: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html?ssm=FB_CC

Al principio, los españoles también se reían. El 22 de mayo de 1918, el diario ABCpublicó en portada la aparición de una enfermedad parecida a la gripe, pero con efectos leves. Durante ese mes, se celebran en la capital las fiestas de San Isidro y las verbenas populares se convirtieron en espacios ideales para el contagio. Con guasa, se bautizó aquella gripe como Soldado de Nápoles, igual que una canción que entonces sonaba en la zarzuela La canción del olvido, y que, como la nueva enfermedad, era muy pegadiza.
Los españoles de aquel tiempo no pudieron ver venir la pandemia como sí ha sucedido ahora. Con medio mundo enfangado en la Gran Guerra, los contendientes no informaron sobre la enfermedad que estaba diezmando a sus soldados para no envalentonar a los adversarios y fue en España, neutral en el conflicto, donde se dio a conocer lo que sucedía. Por eso la gran pandemia del siglo XX, que mató a más de 50 millones de personas en todo el mundo, se bautizó como “La gripe española”, aunque no estuviese en España su origen.
En 2008, cuando la próxima gran pandemia aún era solo un temor entre virólogos y epidemiólogos, Antoni Trilla, el actual jefe de epidemiología del hospital Clínic de Barcelona, publicó un relato sobre cómo se vivió la gripe de 1918 que muestra algunas diferencias fundamentales y sorprendentes paralelismos con la crisis del coronavirus. En aquella ocasión, la situación también empeoró después de tomarse a la ligera y la reacción errática de las autoridades sanitarias provocó su descrédito frente a la ciudadanía y la prensa que cuestionaba a diario sus actuaciones. Como ahora, el virus tampoco respetó jerarquías. El rey Alfonso XIII y el jefe de Gobierno, Manuel García Prieto, enfermaron.
Al principio, a la enfermedad se la llamaba con humor ‘Soldado de Nápoles’, una canción de éxito de la época que también era muy pegadiza
En 1918, España era muy distinta. La mitad de sus habitantes eran analfabetos y la tasa de mortalidad infantil doblaba la de los países más pobres de hoy, pero muchas medidas para contener la epidemia recuerdan a las actuales. Se cerraron universidades y escuelas y se controló el transporte ferroviario, con cuadrillas que desinfectaban los trenes para contener la expansión del virus. Pero también hubo reticencias por parte de algunas autoridades locales. El alcalde de Valladolid se resistió a cancelar las fiestas en septiembre temiendo las pérdidas para los negocios de la ciudad.
Casi como ahora, más allá de ayudar a los enfermos a sobrevivir, la panoplia de los médicos era limitada, sin opciones curativas, aunque las técnicas eran mucho más rudimentarias. Se probaron sin éxito algunas vacunas experimentales e incluso se aplicaron sangrías, una técnica que ya llevaba un siglo desacreditada por la medicina. “Los españoles comenzaron a preguntarse si los médicos y científicos tenían alguna idea sobre lo que estaba pasando”, escribe Trilla.
A falta de confianza en la ciencia, muchos se abrazaron a la fe. En Zamora, una de las provincias más afectadas por la gripe, el obispo, Álvaro Ballano, afirmó: “El mal que se cierne sobre nosotros es consecuencia de nuestros pecados y falta de gratitud, y por eso ha caído sobre nosotros la venganza de la justicia eterna”. Para aplacar la ira divina organizó misas en la catedral de la ciudad facilitando, probablemente, el contagio del virus y se enfrentó a las autoridades sanitarias que quisieron prohibir las misas. Un siglo después, los obispos respetan y difunden las recomendaciones de esas autoridades y han limitado a los parientes más cercanos la asistencia en los funerales.
La primera etapa de contagios de 1918, la que ahora se está viviendo con el coronavirus, no fue la más dura. Con la llegada del verano, la epidemia amainó, pero en otoño regresó con más fuerza. El sistema sanitario quedó sobrepasado, en muchos pueblos de un país en el que el campo aún no se había vaciado los médicos eran escasos y cuando morían no se encontraban sustitutos. Como ha pasado en esta crisis, también entonces se reclutó a voluntarios entre los estudiantes de medicina.
Las cifras oficiales de muertos en España son terroríficas. En 1918, la gripe mató a 147.114 personas, en 1919 a 21.245 y en 1920 a 17.825. En un país de poco más de 20 millones de habitantes. La epidemia duró tres años y, además, afectó especialmente a personas en la veintena, completamente sanas. Cuenta Trilla que en algunas ciudades españolas se acabaron los ataúdes y que el alcalde de Barcelona pidió la ayuda del ejército para transportar y enterrar a los muertos. Eso todavía no se ha visto en España, pero sí en Italia, que lleva una semana de adelanto en la epidemia. El miércoles por la noche, decenas de ataúdes que se acumulaban en el cementerio local de Bérgamo fueron cargados en camiones del ejército para llevarlos a incinerar a lugares menos golpeados por la enfermedad. La población española solo descendió en dos ocasiones durante el siglo XX. En 1918 perdió 83.121 personas por la epidemia de gripe y en 1939 50.266 por la Guerra Civil.
EL PAÍS: https://elpais.com/ciencia/2020-03-21/1918-la-otra-gran-epidemia-que-no-nos-tomamos-en-serio.html?rel=mas
Todos tenemos una experiencia que contar en Internet. Nuestra relación con bases de datos y amigos o familiares de pronto se ha transformado en otra cosa. Más que adicción o dependencia de la información, la web hoy es un territorio para la guerra o la delincuencia organizada. Hubo un tiempo luminoso en que la gente descubría sus posibilidades para la paz y la inteligencia, pero el lado obscuro del poder aprendió a darle el uso negativo que hoy día tiene y se ha convertido en la mina de oro para los nuevos esclavistas: hombres de negocios sin escrúpulos, mafias, sectas piadosas y fundamentalismo religioso, narco dictaduras y guerrillas totalitarias, clanes familiares y pequeños granujas. Aparentemente no ba$ta con acto$ per$onale$ de rebeldía o herejía$ privada$ para detener la nueva teocracia de e$te viejo y conocido dio$: Mammon.
Bienvenidos al esclavismo del siglo XXI, bienvenidos al capitalismo de la vigilancia y la desinformación. --FFO
SHOSHANA ZUBOFF | AUTORA DE 'LA ERA DEL CAPITALISMO DE LA VIGILANCIA' »
“Todo lo que sabías sobre la privacidad está mal. Hay que probar otro camino”
La escritora estadounidense se ha convertido en la gran profeta de los riesgos de un futuro de datos descontrolados
La profesora Shoshana Zuboff, durante una charla en abril en California. REUTERS
JORDI PÉREZ COLOMÉ
19 DIC 2019 - 12:39 CET
Shoshana Zuboff está cansada. Su libro, La era del capitalismo de la vigilancia, salió en enero y lleva un año de conferencias, entrevistas y viajes. No hay nada para un autor como lograr que el título de su libro pase a definir una categoría. En su caso, el debate sobre la privacidad.
Zuboff, de 68 años, se ha convertido en una profeta del fin del mundo tal como lo conocemos. Como otros profetas, a veces sus frases suenan de apocalipsis: "No quiero ser melodramática pero a su manera quieren esclavizarnos, no con asesinatos y terror sino con una sonrisa" o "si Greta Thunberg dice que nuestra casa están en llamas, yo digo que nuestro hogar, la sociedad, está en llamas".
"No quiero ser melodramática pero quieren esclavizarnos, no con asesinatos y terror sino con una sonrisa"
Pero su tesis es menos exagerada: billones de datos nutren un sistema informático que predice nuestras conductas. ¿Para qué? Sobre todo para saber mejor qué consumiremos. Pero cuando uno predice el comportamiento, la tentación de intentar modificarlo es enorme. Es una pendiente obviamente peligrosa.
Primero, porque no lo entendemos: "Intenta imaginar a los indígenas sentados en sus porches, el día en que aquellos grandes barcos aparecieron en el horizonte. Nunca habían visto nada así. Y nadie vio nada ofensivo el primer día, más que un español con barba, tropezando por la playa, con su armadura y espada y ropa pesada. En una situación así eres cognitivamente incapaz de entender qué pasará", explica. Los indígenas, según Zuboff, somos nosotros. “Con la privacidad, somos como los indios de América al llegar los españoles. No sabemos qué nos viene encima”, añade.
El libro de Zuboff, una de las primeras profesoras de la Harvard Business School en los 80, llegará a España en abril de 2020 (Paidós), más tarde que en las otras lenguas principales europeas. El original inglés tiene más de 600 páginas y está lleno de jerga económica y teoría. Pero al hablar, Zuboff hila un discurso concreto y comprensible para todos los públicos. EL PAÍS habló con ella en Milán, en el marco de las jornadas OnLife organizadas por el diario La Repubblica.
Si, según Zuboff, entramos en una nueva era del capitalismo llamado "de la vigilancia", ¿a qué se refiere? "El capitalismo evoluciona cogiendo cosas que viven fuera de la dinámica del mercado y llevándolas al mercado para ser compradas y vendidas", explica, en referencia a animales, madera, cultivos, minerales, conocimientos. "Ahora con tanta competencia global, ya no queda casi nada en los márgenes y, de repente, el único territorio virgen somos nosotros, la experiencia humana privada", añade.
"Ya no queda casi nada en los márgenes y, de repente, el único territorio virgen somos nosotros, la experiencia humana privada"
Zuboff emplea una metáfora que entronca con épocas anteriores. "Todos esos datos entran por una cadena de producción en un nuevo tipo de fábrica computacional", explica. ¿Y qué fabrican ahí? "Productos. ¿Qué productos? Predicciones del comportamiento de los usuarios".
Es más fácil de entender de lo que parece. Nuestro comportamiento íntimo es previsible: estás más cerca de una compra si después de mirar unos pantalones, buscas una marca, un precio, comparas y pones unos en el carrito y vuelves atrás con dudas y buscas descuentos. Todas las opciones están trazadas. Cuando esos movimientos se repiten millones de veces, crean un patrón del comprador que acaba comprando (y del que no). Una vez entendido eso, se predice su comportamiento: si va a comprar, se le deja solo. Si no, probemos este truco o mensaje. Es decir, tratemos de modificar sus acciones de consumo.
Pero ahora ya no es solo un problema de trazar nuestra vida online para ofrecernos anuncios personalizados, sino de acaparar toda nuestra vida. Hay que añadir en esa cadena de producción el tono de nuestra voz con Alexa, el rato que has hecho deporte (o el que no), si has entrado en Tinder o en Netflix, si tienes la nevera llena, si has ido al médico, si tienes tres hijos, si vas a misa o yoga, si compras ensalada pero comes palomitas, si tienes 20 amigos o 200.
Hay millones de datos aparentemente inconexos que pueden convertirse en patrones, en predicciones. "Y bien, ¿dónde van todas esas predicciones? No es para nosotros, para resolver nuestros problemas", dice. "La mayor infraestructura computacional jamás imaginada para el conocimiento, con sus científicos, servidores, procesadores, almacenamiento, sirve a quienes tienen un interés financiero en saber cómo nos comportaremos con seguros, sanidad, educación, inmobiliarias, comercio, en cada sector".
"Venden, en suma, certeza sobre nuestro futuro", dice. Eso tiene pinta de ser bastante caro.
Los pequeños gestos no bastan: digo que no a unas cookies, apago el wifi del móvil, limito la localización. Es coger el paraguas en un día de tornado.
Pero Zuboff cree que hemos entendido mal el problema de la privacidad porque confiamos en nosotros para solucionarlo: "Todo lo que sabías sobre la privacidad está mal. Hay que probar otro camino", dice.
Los pequeños gestos no bastan: digo que no a unas cookies en esta web, apago el wifi de mi móvil cuando salgo de casa, limito la localización, busco en modo incógnito. Todo eso es coger el paraguas en un día de tornado. "Son elecciones personales y resultan un error fundamental de categoría", dice Zuboff. "Porque la privacidad no es que tú seas privado. Es un problema de acción colectiva. Porque cada vez que nos exponemos un poco contribuimos a los sistemas que predicen certezas, que construyen una sociedad con sistemas de certezas por encima de sistemas de libertad".
Una de las frases más célebres y repetidas por Zuboff es sobre los ciudadanos que presumen de no tener nada que ocultar: "Si no tienes nada que esconder, es que no eres nada", les responde. "Es la peor forma de adoctrinamiento", sigue. Las grandes multinacionales han logrado hacer creer que es razonable creer que unos están más protegidos que otros al usar un dispositivo. Pero nadie está exento.
Para Zuboff eso afecta a la democracia. Si no eres soberano en tus decisiones, pierdes algo fundamental. Hasta ahora, parece que la predicción afecta sobre todo decisiones de consumo. Pero es absurdo pensar que no hay gurús políticos pensando en cómo manejar voluntades en campañas electorales.
Con todos estos males, Zuboff tiene una gran respuesta, y no es usar un correo encriptado en lugar de Gmail, aunque todo suma. Zuboff admite por ejemplo que el Reglamento europeo de Protección de Datos es un paso en la buena dirección. Pero hay que ir más allá. ¿Por qué? Porque es el único camino. "Es momento para la movilización. El pueblo debe movilizar las instituciones democráticas. Tenemos diez años para lograr una nueva ley. La única cosa que los capitalistas de la vigilancia temen es la ley".
Publicación original: EL PAÍS América (@elpais_america) https://t.co/EPwaM8sHel