lunes, 23 de marzo de 2020

Oriente y Occidente, la manera en que enfrentan la pandemia dice mucho de lo que son y lo que se viene a futuro. ¿Otra decadencia de Occidente? El filósofo coreano de mayor prestigio en Europa plantea algunos problemas manifiestos a raíz de la pandemia

La emergencia viral y el mundo de mañana. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que piensa desde Berlín

Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras

Un oficial de policía vigila ante un cartel el pasado 23 de enero en Pekín.
Un oficial de policía vigila ante un cartel el pasado 23 de enero en Pekín.KEVIN FRAYER/GETTY IMAGES

BYUNG-CHUL HAN

El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.

Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia

En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.
Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.KEVIN FRAYER / GETTY IMAGES

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. Cada ciudadano debe ser evaluado consecuentemente en su conducta social. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.

En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.

Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.

Los Estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria. Y los ciudadanos son más obedientes

Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.

En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.

La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa

No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.

Ha comenzado un éxodo de asiáticos en Europa. Quieren regresar a sus países porque ahí se sienten más seguros

Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.

Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.

En la época de las ‘fake news’, surge una apatía hacia la realidad. Aquí, un virus real, no informático, causa conmoción

En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.

En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.
El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.SOUTH KOREAN PRESIDENTIAL BLUE HOUSE/GETTY IMAGES / SOUTH KOREAN PRESIDENTIAL BLUE H

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Umbrales inmunológicos y cierre de fronteras.

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

La reacción pánica de los mercados financieros a la epidemia es además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.

Zizek afirma que el virus asesta un golpe mortal al capitalismo, y evoca un oscuro comunismo. Se equivoca

Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista surcoreano que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Autor, entre otras obras, de ‘La sociedad del cansancio’, publicó hace un año ‘Loa a la tierra’, en la editorial Herder.

Traducción de Alberto Ciria.


EL PAÍS: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html?ssm=FB_CC

domingo, 22 de marzo de 2020

España no se tomó en serio otro virus en 1918

LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

1918, la otra gran epidemia que no nos tomamos en serio

La mayor epidemia del siglo XX dejó sin ataúdes algunas ciudades de España e infectó al rey Alfonso XIII y al presidente del Gobierno

Hospital de emergencia para la gripe de 1918 en Kansas (EE UU).
Hospital de emergencia para la gripe de 1918 en Kansas (EE UU).AP PHOTO/NATIONAL MUSEUM OF HEALTH

Al principio, los españoles también se reían. El 22 de mayo de 1918, el diario ABCpublicó en portada la aparición de una enfermedad parecida a la gripe, pero con efectos leves. Durante ese mes, se celebran en la capital las fiestas de San Isidro y las verbenas populares se convirtieron en espacios ideales para el contagio. Con guasa, se bautizó aquella gripe como Soldado de Nápoles, igual que una canción que entonces sonaba en la zarzuela La canción del olvido, y que, como la nueva enfermedad, era muy pegadiza.

Los españoles de aquel tiempo no pudieron ver venir la pandemia como sí ha sucedido ahora. Con medio mundo enfangado en la Gran Guerra, los contendientes no informaron sobre la enfermedad que estaba diezmando a sus soldados para no envalentonar a los adversarios y fue en España, neutral en el conflicto, donde se dio a conocer lo que sucedía. Por eso la gran pandemia del siglo XX, que mató a más de 50 millones de personas en todo el mundo, se bautizó como “La gripe española”, aunque no estuviese en España su origen.

En 2008, cuando la próxima gran pandemia aún era solo un temor entre virólogos y epidemiólogos, Antoni Trilla, el actual jefe de epidemiología del hospital Clínic de Barcelona, publicó un relato sobre cómo se vivió la gripe de 1918 que muestra algunas diferencias fundamentales y sorprendentes paralelismos con la crisis del coronavirus. En aquella ocasión, la situación también empeoró después de tomarse a la ligera y la reacción errática de las autoridades sanitarias provocó su descrédito frente a la ciudadanía y la prensa que cuestionaba a diario sus actuaciones. Como ahora, el virus tampoco respetó jerarquías. El rey Alfonso XIII y el jefe de Gobierno, Manuel García Prieto, enfermaron.

Al principio, a la enfermedad se la llamaba con humor ‘Soldado de Nápoles’, una canción de éxito de la época que también era muy pegadiza

En 1918, España era muy distinta. La mitad de sus habitantes eran analfabetos y la tasa de mortalidad infantil doblaba la de los países más pobres de hoy, pero muchas medidas para contener la epidemia recuerdan a las actuales. Se cerraron universidades y escuelas y se controló el transporte ferroviario, con cuadrillas que desinfectaban los trenes para contener la expansión del virus. Pero también hubo reticencias por parte de algunas autoridades locales. El alcalde de Valladolid se resistió a cancelar las fiestas en septiembre temiendo las pérdidas para los negocios de la ciudad.

Casi como ahora, más allá de ayudar a los enfermos a sobrevivir, la panoplia de los médicos era limitada, sin opciones curativas, aunque las técnicas eran mucho más rudimentarias. Se probaron sin éxito algunas vacunas experimentales e incluso se aplicaron sangrías, una técnica que ya llevaba un siglo desacreditada por la medicina. “Los españoles comenzaron a preguntarse si los médicos y científicos tenían alguna idea sobre lo que estaba pasando”, escribe Trilla.

A falta de confianza en la ciencia, muchos se abrazaron a la fe. En Zamora, una de las provincias más afectadas por la gripe, el obispo, Álvaro Ballano, afirmó: “El mal que se cierne sobre nosotros es consecuencia de nuestros pecados y falta de gratitud, y por eso ha caído sobre nosotros la venganza de la justicia eterna”. Para aplacar la ira divina organizó misas en la catedral de la ciudad facilitando, probablemente, el contagio del virus y se enfrentó a las autoridades sanitarias que quisieron prohibir las misas. Un siglo después, los obispos respetan y difunden las recomendaciones de esas autoridades y han limitado a los parientes más cercanos la asistencia en los funerales.

La primera etapa de contagios de 1918, la que ahora se está viviendo con el coronavirus, no fue la más dura. Con la llegada del verano, la epidemia amainó, pero en otoño regresó con más fuerza. El sistema sanitario quedó sobrepasado, en muchos pueblos de un país en el que el campo aún no se había vaciado los médicos eran escasos y cuando morían no se encontraban sustitutos. Como ha pasado en esta crisis, también entonces se reclutó a voluntarios entre los estudiantes de medicina.

Las cifras oficiales de muertos en España son terroríficas. En 1918, la gripe mató a 147.114 personas, en 1919 a 21.245 y en 1920 a 17.825. En un país de poco más de 20 millones de habitantes. La epidemia duró tres años y, además, afectó especialmente a personas en la veintena, completamente sanas. Cuenta Trilla que en algunas ciudades españolas se acabaron los ataúdes y que el alcalde de Barcelona pidió la ayuda del ejército para transportar y enterrar a los muertos. Eso todavía no se ha visto en España, pero sí en Italia, que lleva una semana de adelanto en la epidemia. El miércoles por la noche, decenas de ataúdes que se acumulaban en el cementerio local de Bérgamo fueron cargados en camiones del ejército para llevarlos a incinerar a lugares menos golpeados por la enfermedad. La población española solo descendió en dos ocasiones durante el siglo XX. En 1918 perdió 83.121 personas por la epidemia de gripe y en 1939 50.266 por la Guerra Civil.


EL PAÍS: https://elpais.com/ciencia/2020-03-21/1918-la-otra-gran-epidemia-que-no-nos-tomamos-en-serio.html?rel=mas

viernes, 20 de diciembre de 2019

Bienvenidos al capitalismo de la vigilancia - Shoshana Zuboff (El País)

Todos tenemos una experiencia que contar en Internet. Nuestra relación con bases de datos y amigos o familiares de pronto se ha transformado en otra cosa. Más que adicción o dependencia de la información, la web hoy es un territorio para la guerra o la delincuencia organizada. Hubo un tiempo luminoso en que la gente descubría sus posibilidades para la paz y la inteligencia, pero el lado obscuro del poder aprendió a darle el uso negativo que hoy día tiene y se ha convertido en la mina de oro para los nuevos esclavistas: hombres de negocios sin escrúpulos, mafias, sectas piadosas y fundamentalismo religioso, narco dictaduras y guerrillas totalitarias, clanes familiares y pequeños granujas. Aparentemente no ba$ta con acto$ per$onale$ de rebeldía o herejía$ privada$ para detener la nueva teocracia de e$te viejo y conocido dio$: Mammon.

Bienvenidos al esclavismo del siglo XXI, bienvenidos al capitalismo de la vigilancia y la desinformación. --FFO

SHOSHANA ZUBOFF | AUTORA DE 'LA ERA DEL CAPITALISMO DE LA VIGILANCIA' »

“Todo lo que sabías sobre la privacidad está mal. Hay que probar otro camino”

La escritora estadounidense se ha convertido en la gran profeta de los riesgos de un futuro de datos descontrolados

La profesora Shoshana Zuboff, durante una charla en abril en California. REUTERS

JORDI PÉREZ COLOMÉ

19 DIC 2019 - 12:39 CET

Shoshana Zuboff está cansada. Su libro, La era del capitalismo de la vigilancia, salió en enero y lleva un año de conferencias, entrevistas y viajes. No hay nada para un autor como lograr que el título de su libro pase a definir una categoría. En su caso, el debate sobre la privacidad.

Zuboff, de 68 años, se ha convertido en una profeta del fin del mundo tal como lo conocemos. Como otros profetas, a veces sus frases suenan de apocalipsis: "No quiero ser melodramática pero a su manera quieren esclavizarnos, no con asesinatos y terror sino con una sonrisa" o "si Greta Thunberg dice que nuestra casa están en llamas, yo digo que nuestro hogar, la sociedad, está en llamas".

"No quiero ser melodramática pero quieren esclavizarnos, no con asesinatos y terror sino con una sonrisa"

Pero su tesis es menos exagerada: billones de datos nutren un sistema informático que predice nuestras conductas. ¿Para qué? Sobre todo para saber mejor qué consumiremos. Pero cuando uno predice el comportamiento, la tentación de intentar modificarlo es enorme. Es una pendiente obviamente peligrosa.

Primero, porque no lo entendemos: "Intenta imaginar a los indígenas sentados en sus porches, el día en que aquellos grandes barcos aparecieron en el horizonte. Nunca habían visto nada así. Y nadie vio nada ofensivo el primer día, más que un español con barba, tropezando por la playa, con su armadura y espada y ropa pesada. En una situación así eres cognitivamente incapaz de entender qué pasará", explica. Los indígenas, según Zuboff, somos nosotros. “Con la privacidad, somos como los indios de América al llegar los españoles. No sabemos qué nos viene encima”, añade.

El libro de Zuboff, una de las primeras profesoras de la Harvard Business School en los 80, llegará a España en abril de 2020 (Paidós), más tarde que en las otras lenguas principales europeas. El original inglés tiene más de 600 páginas y está lleno de jerga económica y teoría. Pero al hablar, Zuboff hila un discurso concreto y comprensible para todos los públicos. EL PAÍS habló con ella en Milán, en el marco de las jornadas OnLife organizadas por el diario La Repubblica.

Si, según Zuboff, entramos en una nueva era del capitalismo llamado "de la vigilancia", ¿a qué se refiere? "El capitalismo evoluciona cogiendo cosas que viven fuera de la dinámica del mercado y llevándolas al mercado para ser compradas y vendidas", explica, en referencia a animales, madera, cultivos, minerales, conocimientos. "Ahora con tanta competencia global, ya no queda casi nada en los márgenes y, de repente, el único territorio virgen somos nosotros, la experiencia humana privada", añade.

"Ya no queda casi nada en los márgenes y, de repente, el único territorio virgen somos nosotros, la experiencia humana privada"

Zuboff emplea una metáfora que entronca con épocas anteriores. "Todos esos datos entran por una cadena de producción en un nuevo tipo de fábrica computacional", explica. ¿Y qué fabrican ahí? "Productos. ¿Qué productos? Predicciones del comportamiento de los usuarios".

Es más fácil de entender de lo que parece. Nuestro comportamiento íntimo es previsible: estás más cerca de una compra si después de mirar unos pantalones, buscas una marca, un precio, comparas y pones unos en el carrito y vuelves atrás con dudas y buscas descuentos. Todas las opciones están trazadas. Cuando esos movimientos se repiten millones de veces, crean un patrón del comprador que acaba comprando (y del que no). Una vez entendido eso, se predice su comportamiento: si va a comprar, se le deja solo. Si no, probemos este truco o mensaje. Es decir, tratemos de modificar sus acciones de consumo.

Pero ahora ya no es solo un problema de trazar nuestra vida online para ofrecernos anuncios personalizados, sino de acaparar toda nuestra vida. Hay que añadir en esa cadena de producción el tono de nuestra voz con Alexa, el rato que has hecho deporte (o el que no), si has entrado en Tinder o en Netflix, si tienes la nevera llena, si has ido al médico, si tienes tres hijos, si vas a misa o yoga, si compras ensalada pero comes palomitas, si tienes 20 amigos o 200.

Hay millones de datos aparentemente inconexos que pueden convertirse en patrones, en predicciones. "Y bien, ¿dónde van todas esas predicciones? No es para nosotros, para resolver nuestros problemas", dice. "La mayor infraestructura computacional jamás imaginada para el conocimiento, con sus científicos, servidores, procesadores, almacenamiento, sirve a quienes tienen un interés financiero en saber cómo nos comportaremos con seguros, sanidad, educación, inmobiliarias, comercio, en cada sector".

"Venden, en suma, certeza sobre nuestro futuro", dice. Eso tiene pinta de ser bastante caro.

Los pequeños gestos no bastan: digo que no a unas cookies, apago el wifi del móvil, limito la localización. Es coger el paraguas en un día de tornado.

Pero Zuboff cree que hemos entendido mal el problema de la privacidad porque confiamos en nosotros para solucionarlo: "Todo lo que sabías sobre la privacidad está mal. Hay que probar otro camino", dice.

Los pequeños gestos no bastan: digo que no a unas cookies en esta web, apago el wifi de mi móvil cuando salgo de casa, limito la localización, busco en modo incógnito. Todo eso es coger el paraguas en un día de tornado. "Son elecciones personales y resultan un error fundamental de categoría", dice Zuboff. "Porque la privacidad no es que tú seas privado. Es un problema de acción colectiva. Porque cada vez que nos exponemos un poco contribuimos a los sistemas que predicen certezas, que construyen una sociedad con sistemas de certezas por encima de sistemas de libertad".

Una de las frases más célebres y repetidas por Zuboff es sobre los ciudadanos que presumen de no tener nada que ocultar: "Si no tienes nada que esconder, es que no eres nada", les responde. "Es la peor forma de adoctrinamiento", sigue. Las grandes multinacionales han logrado hacer creer que es razonable creer que unos están más protegidos que otros al usar un dispositivo. Pero nadie está exento.

Para Zuboff eso afecta a la democracia. Si no eres soberano en tus decisiones, pierdes algo fundamental. Hasta ahora, parece que la predicción afecta sobre todo decisiones de consumo. Pero es absurdo pensar que no hay gurús políticos pensando en cómo manejar voluntades en campañas electorales.

Con todos estos males, Zuboff tiene una gran respuesta, y no es usar un correo encriptado en lugar de Gmail, aunque todo suma. Zuboff admite por ejemplo que el Reglamento europeo de Protección de Datos es un paso en la buena dirección. Pero hay que ir más allá. ¿Por qué? Porque es el único camino. "Es momento para la movilización. El pueblo debe movilizar las instituciones democráticas. Tenemos diez años para lograr una nueva ley. La única cosa que los capitalistas de la vigilancia temen es la ley".

Publicación original: EL PAÍS América (@elpais_america) https://t.co/EPwaM8sHel

domingo, 28 de abril de 2019

Hace poco se recordó el genocidio de Ruanda, pero pocos hicieron acto de conciencia antes de hablar de perdón

Condenado a 15 años de cárcel un sacerdote católico por el genocidio de Ruanda

Provocó una matanza al ordenar el derribo de su parroquia, donde se cobijaban miles de refugiados

Athanase Seromba se ha convertido hoy en el primer sacerdote católico condenado por una corte internacional. El Tribunal Penal para Ruanda (TPIR) le ha encontrado culpable de genocidio y crímenes contra la humanidad y le ha condenado a una pena de 15 años de cárcel, según ha informado Bocar Sy, portavoz de la corte. Según la sentencia Seromba facilitó en abril de 1994 la muerte de más de 2.000 personas de la etnia tutsis que huían de la persecución de sus rivales, los hutus.
Cuando se produjo la matanza el hoy condenado estaba encargado de la parroquia de Nyange, en la localidad de Kisumu, en la provincia occidental de Kibuye. Huyendo de las persecuciones étnicas más de 2.000 personas, la mayoría tutsis, abarrotaron una iglesia que, a partir del día 15 de abril fue sometida a ataques regulares por parte de las milicias humus conocidas como interahamwe (los que matan juntos). Fue entonces cuando Seromba ordenó el derribo de su parroquia con máquinas excavadoras, tras lo cual los pocos supervivientes fueron rematados.
Probados estos hechos, la Sala Tercera del TPIR, situado en Arusha (Tanzania), le ha condenado por los cargos de genocidio y crímenes contra la humanidad en la modalidad de exterminio, aunque le ha absuelto del cargo de conspiración para cometer genocidio. "La Sala consideró un factor agravante el hecho de que fuera un religioso muy conocido en su comunidad y en el que muchos feligreses confiaban", ha señalado Sy.
El papel de la Iglesia
Entre 500.000 y un millón de tutsis y hutus moderados, según distintas fuentes, murieron masacrados con machetes y armas de fuego por milicias extremistas, soldados y la propia población civil durante el genocidio ruandés y muchos de ellos murieron en iglesias en las que habían buscado refugio.
En tribunales nacionales, la participación de la Iglesia Católica en el genocidio fue puesta de manifiesto por la justicia belga, que condenó en el 2001 a dos monjas ruandesas a entre 12 y 15 años de cárcel. Pero esta es la primera vez que el catolicismo ve a uno de sus miembros sentarse en el banquillo del TPIR, que sólo ha juzgado hasta ahora a otro religioso, el pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día Elizaphan Ntakirutimana, condenado a diez años de prisión en 2003.
Seromba, de 42 años, se encontraba acogido desde 1997 en la diócesis italiana de Florencia, pero ante la presión de la entonces fiscal del TPIR, Carla del Ponte, sobre las autoridades eclesiásticas, el religioso se entregó voluntariamente al tribunal el 7 febrero del 2002.

Ximei, la activista que desafía al gigante

Ximei, la activista que desafía al gigante

sábado, 23 de febrero de 2019

Pensadores radicales de nuestros días

"Chantal Mouffe, fair-weather friend of democracy, reveals again just how deeply attached she is to Carl Schmitt’s view of politics as conflict, fear, violence & power over others" @jkeaneSDN

Chantal Mouffe, defiant political thinker: “Don't simply dismiss populism”

31 Jan 2019
“Conflict is the driving force of democracy,” says Professor of Political Theory Chantal Mouffe. Her view on politics and society inspires other thinkers but also resonates with new political movements, of which she is a prominent analyst. We paid her a visit in London. 
Coincidence or not, on the Eurostar we read an op-ed that is full of ideas that could come straight out of Chantal Mouffe’s theories. She is influential. She gives it to Jeremy Corbyn and Labour straight. She inspired pioneering political movements such as Podemos in Spain and La France Insoumise in France. She's an international presence. 
But it all started in Belgium. Mouffe was born near Charleroi and studied philosophy at the university of Leuven from 1960 until 1964. “This was before the university was split into a Dutch-speaking and a French-speaking one at the end of the sixties. The times were different. In those days, world politics reverberated in Leuven as well – particularly the Cuban revolution and the Algerian war. For someone who's susceptible to this, like me, it was an inspiring period.”
© BELGA | Hans Lucas


Passion

“After Leuven, I went to Paris, where I worked with Marxist philosopher Louis Althusser. Philosophers like him had a very rationalistic approach and envisaged philosophy as a science. What was important for him was epistemology. At the end of 1966, I left for Colombia. I had become familiar with Latin American culture in Leuven and was very interested in what was happening over there. When I began teaching philosophy at the National University of Colombia in Bogota, it became clear to me that a purely rational analysis of politics did not suffice. For a big part, politics are emotion, passion. If you can't include affects in your analysis or political practice, you’re way off the mark. People work toward a common goal because they feel passionate about it. Freud already said it: he believed that the lien social is of a libidinal nature.”
Mouffe decided to come back to Europe to study politics at the University of Essex. Countless study and work visits to the biggest American institutions followed. She became directeur de programme at the Collège Internationale de Philosophie in Paris, where she contributed considerably to the field of political theory. In 1995 she became a professor of political theory at the Centre for the Study of Democracy at the University of Westminster, where she remains as an emeritus professor since 2018. 

The importance of conflict

Chantal Mouffe is sometimes called a political philosopher, but she prefers to define herself as a political theorist – not to be confused with a political scientist. “In political science, you’re talking about empirical data, numbers that you’re trying to make work. But this produces a limited view of politics. Political theory, by contrast, looks at fundamental concepts, but also at practice.” 
 
If you can't include affects in your analysis or political practice, you’re way off the mark. People work toward a common goal because they feel passionate about it.
She doesn't shy away from radical statements. She defends what she calls a ‘dissociative conception of politics’, according to which politics has to do with conflicts, particularly with those that are called ‘antagonistic’ because they cannot have a rational solution. “This is why democracy cannot do without conflict. Conflict is the driving force of democracy. At the end of the 20th century, you had the so-called ‘third way’: not left, not right, but a so-called ‘radical centre’, allegedly beyond conflict, towards consensus. Well, that doesn’t work." 

WHO IS CHANTAL MOUFFE?

°1943, Wanfercée-Baulet, Belgium
  • Studies philosophy in Leuven from 1960 until 1964 and continues her studies in Paris and later in Essex.
  • Marries the Argentinian political theorist Ernesto Laclau in 1975.
  • Publishes Hegemony and Social Strategy with Laclau in 1985. On the Political (2005) is also translated into Dutch. 
  • Programme director of the Collège Internationale de Philosophie in Paris from 1985 until 1995.
  • Affiliated with the University of Westminster as Professor of Political Theory since 1995
  • Published For a Left Populism in 2018.
Books
  • As editor: Gramsci and Marxist Theory (1979) , Dimensions of Radical Democracy. Pluralism, Citizenship, Community (1992), Deconstruction and Pragmatism (1996), The Challenge of Carl Schmitt (1999)
  • Co-authored with E. Laclau: Hegemony and Socialist Strategy . Towards a Radical Democratic Politics (1985)
  • As author: The Return of the Political(1993), The Democratic Paradox(2000), On the Political(2005), Agonistics. Thinking the World Politically (2013), In the Name of the People (with Inigo Errejon, Podemos; 2016), For a Left Populism (2019)
"By its very definition, a democracy is conflictual. The demos is divided, and there’s always one part of the demos that has kratos or power over the other part. The main task for democracy is to provide the institutions allowing for this conflict to take place in a way that does not lead to civil war. The prerequisite is that the opponents are not seen as enemies to destroy but as adversaries who have the right to defend their opinions.”
Chantal Mouffe is not interested in normative political theory: she doesn’t want to prescribe what the world should be like. “I want to understand how things are and how they may be changed,” she says. “Of course, it does bring me satisfaction to notice that people are using my ideas, as was the case with Podemos in Spain (the radical left-wing party that emerged from the indignados protest movement against corruption and the austerity policy – ed.). The work of my late husband Ernesto Laclau and myself provided a framework to envisage a new form of politics. The demands of Podemos didn't fit in with the traditional left-right division of the political arena. There was a need for new identities, outside of the traditional parties and the traditional way of practising politics. This phenomenon had already been fascinating me for years. And it still is.”

The radical democracy

You have to radicalise democracy, Chantal Mouffe believes. “I don’t mean that we should start a revolution. I simply mean that we shouldn't submit to the diktat of neoliberalism and globalisation, ways of thinking that arose in the aftermath of Thatcher and her tina: ‘There is no alternative’.” 
“Social democratic and socialist parties started to evolve towards the centre until there was no fundamental difference anymore between centre-right and centre-left. The distinction between left and right has become blurred. As a result, a lot of politically justified questions and complaints have remained unanswered for years. We have now reached a ‘post-democratic’ situation.”
The current system and the existing political actors – who have grown into a colourless bunch of people with no passion whatsoever – no longer appeal to the voters, Chantal Mouffe observes. “And those who voice their disapproval about the political system are branded as populists, which is becoming a catch-all term for anyone who disagrees with the established order. This development is not good for democracy. A lot of so-called populist complaints are real democratic demands, and they need to be taken seriously instead of being dismissed as dangers to democracy. If those democratic demands are not formulated progressively, I am convinced that they are going to be expressed in a nationalistic and xenophobic vocabulary. The latter is already happening, and it explains the growing success of right-wing populist parties. The way to stop them is not through moral condemnation, accusing them of being fascist, but by offering solutions to those demands that are inspired by a search for equality and social justice.” 

Brexit: "I have no clue"

You can’t talk to a political thinker in London without mentioning Brexit. “Honestly, I don't know what to expect. Nobody has a clue. Everything is possible. We might have a deal, we might not, or we might get a different deal than the one that was negotiated. Brexit might be delayed or abandoned altogether, or we might see a new referendum But it will have to be planned better than the last one. Or we might have new elections, which would be the best scenario for the Labour party. No Brexit also remains a possibility. The worse would be a Brexit without a deal. We have a situation that has deteriorated to such an extent that, whatever the outcome, the consequences for British society are going to be very divisive.” 
“I didn't become a Brit after all these years, and I still have a Belgian passport. But whatever the outcome, strictly legally speaking, I’m safe: I can continue working here. But a hard Brexit would be terrible...”
In any case, she will leave Great Britain for a little while at the beginning of February to travel to Leuven and receive an honorary doctorate. Her fourth one. “I heard that there's a lot of ceremony involved in Leuven. I’m curious to see what it will be like.”
Professor Chantal Mouffe was nominated by Professors Matthias Lievens and Stefan Rummens.

https://nieuws.kuleuven.be/en/content/2019/patronsaintsday-chantal-mouffe


lunes, 24 de diciembre de 2018

El año que nos invadieron los algoritmos -NYT

La invasión de los algoritmos

Por JORGE CARRIÓN 25 de noviembre de 2018

Nuestra realidad ha invertido la lógica de Blade Runner: somos nosotros, los humanos, quienes tenemos que demostrar constantemente que no somos seres artificiales.

Llevamos una década seleccionando en nuestras pantallas la casilla “No soy un robot” de los dos primeras versiones del programa reCatpcha, porque hemos asumido como normal que nos obliguen a realizar sumas, reproducir caracteres o identificar coches o escaparates en imágenes de Google Street View para demostrar que existimos en este lado de la pantalla.

Pronto llegará reCatpcha 3,0 y nos libraremos finalmente de esa tortura. Gracias a ella nuestra humanidad será finalmente reconocida por un gesto manual (a través del ratón). Más de un siglo después del descubrimiento de la absoluta singularidad de nuestras huellas dactilares, tiene que llegar un software para recordarnos que en las manos está eso que —a falta de una palabra mejor— llamamos alma.

Como no se conforman con poseer nuestros datos, nuestros movimientos y nuestras caras, las grandes empresas tecnológicas han patentado durante los últimos años algunos de nuestros gestos. Se han apropiado de los que tienen que ver con la lectura en las pantallas y con la manipulación de dispositivos táctiles.

Una encantadora y terrible coreografíadel artista francés Julien Prévieux ha recogido toda esa gestualidad privatizada. La danza nos recuerda que regalamos nuestras manos para que las corporaciones interpreten una nueva música, digital y terriblemente rentable, que se transforma en dinero en el momento en que lo virtual, que ya es real, se vuelve doblemente real. Físico, objeto, cuerpo.

Mientras que los auténticos robots siguen siendo invisibles, pues se encuentran en las plantas de producción de las fábricas más avanzadas y en los quirófanos (sobre todo como grandes brazos mecánicos), o en la nube (en forma informe de inteligencias artificiales), nuestra vida cotidiana se ha ido llenando de ecos de robots, de fantasmas, de embajadores.

En la tienda del Real Madrid se puede comprar la camiseta con el número 29, sobre el cual se ha impreso el apellido Hunter. Ningún jugador en el Santiago Bernabéu lleva ese nombre: Alex Hunter solamente existe en el videojuego FIFA. Pero tanto la tela como los 85 euros que cuesta la camiseta son muy reales.

Amy Winehouse volverá próximamente a los escenarios en forma de holograma. Y la televisión oficial china acaba de hacer público a Zhang Zhao, su primer presentador virtual, que es capaz de estar ininterrumpidamente en antena, informando sobre todas y cada una de las noticias que vayan surgiendo, gracias a su inteligencia artificial.

Cincuenta años exactos después de 2001: Una odisea del espacio, Hal comienza a ser real. No tiene una única voz ni un único cuerpo, se manifiesta por todas partes. A finales de octubre se subastó en Christie’s El retrato de Edmond Belamy, un retrato borroso de un hombre menos real que la fórmula que lo creó y que firma el cuadro: “Min (G) max (D) Ex [log (D (x))] + Ez [log (1-D (G (z)))]”.

Los 432.500 dólares se los embolsaron los “emprendedores” del colectivo Obvious: Hugo Caselles-Dupré, Pierre Fautrel y Gauthier Vernier. No hay duda de que el dinero es lo que provoca la existencia de Alex Hunter, Zhang Zao, el fantasma de Amy o la fórmula que no voy a cortar ni a pegar de nuevo. Por eso no sorprende que fuera ING, una multinacional bancaria, quien patrocinara el proyecto “The Next Rembrandt”: a partir del análisis en profundidad de toda la obra del pintor flamenco, un programa creó en 2015 un nuevo cuadro, original, perfecto, falso, no obstante verdadero.

Pilar Carrera y Jenaro Talens nos recuerdan en El relato documental que el cine abre, desde el primer minuto de su existencia, una grieta entre realidad y pantalla: fueron los hermanos Lumière quienes provocaron el big bang “haciendo huir despavoridos a los espectadores que pensaban que un tren los iba a atropellar en la sala de butacas del cine”. Era 1895 y entonces “empezó la confusión entre las imágenes y los hechos”, entre la realidad y la pantalla que empezó representándola y ha acabado por suplantarla.

Concluyen los autores que no hay que preocuparse: “Todo eco sigue necesitando una voz”. Pero en el inminente escenario de la conexión por internet de personas y objetos, de la monitorización constante no solamente del exterior de los cuerpos sino también de su interior, de la informática cuántica y de las superinteligencias, por primera vez en dos milenios y medio el mito de la caverna de Platón llega a una posible fecha de caducidad.

Fue válido para la filosofía antigua y para la pintura moderna; explicó metafóricamente la fotografía y el cine; recorrió la ciencia ficción al menos hasta Matrix; pero en estos últimos años ha comenzado a entrar en crisis. Porque la tradicional dependencia entre la sombra y el modelo ha empezado a derivar hacia una progresiva autonomía.

La voz de Siri en español es la de Iratxe, una profesora vasca; pero cada vez será más difícil diferenciar las voces y los ecos.

En Vida 3.0. Qué significa ser humano en la era de la inteligencia artificial, uno de los máximos expertos mundiales en el problema, Max Tegmark dibuja varios escenarios de futuro. Los dos más probables son el de la coexistencia pacífica entre humanos y unas “IA amigables” y el de la extinción de la humanidad tras ser “remplazada por la IA (escenarios de dominadores y descendientes)”.

Durante los últimos doscientos años (si partimos de Frankestein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley) o los últimos ochenta (si la semilla está en el primer robot humanoide, Elektro), ese horizonte ha sido lejano y, sobre todo, ficticio.

Pero cuando toda la ropa que vistamos esté conectada a internet y no haya paso, latido, sudoración, pestañeo ni segundo de sueño que no sea procesado y traducido, a ver quién se atreve a llevar una camiseta que diga “Yo no soy un robot”.

Durante décadas los hemos imaginado como cuerpos ajenos, sin sospechar que ellos iban a ser nosotros, que en el siglo XXI iba a cobrar pleno sentido aquello que Arthur Rimbaud escribió en una carta de 1871: “Yo es otro”.

(Tomado de NYT: https://www.nytimes.com/es/2018/11/25/humanos-robots-inteligencia-artificial/?emc=edit_bn_20181224&nl=boletin&nlid=7477307020181224&te=1 )